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jul. 23

El propósito de la vida no es ser 'alguien', es ser nadie.

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Todos queremos ser famosos, pero en el momento en el que queremos ser algo ya no somos libres.(Krishnamurti)

 

El orgullo que uno tiene por las cosas buenas que hace es el verdadero archienemigo del aspirante. Este orgullo es el enemigo que obstruye el camino a la Verdad Última. [...] El aspirante debe de entender que la razón por la cual alberga orgullo por los objetos es porque cree que los objetos son reales. Si uno entiende que los objetos son sólo apariencias temporales, y se convence de que los objetos no pueden proveer realmente una felicidad verdadera entonces la realidad aparente de los objetos automáticamente se desvanece.(Sadguru Siddharameshwar)

 

Somos algo y no somos todo; aquel poco que poseemos de ser nos impide el conocimiento de los primeros principios que nacen de la nada; y el poco ser que tenemos nos esconde la vista del infinito.(Pascal)

 

El Ser resplandece en la Nada.

(Jorge Eduardo Rivera, glosando a Martin Heidegger)

Al encontrarse con lo infinito,

el individuo con gusto desaparece,

entonces toda pena se disuelve,

en vez de deseos fervientes y salvaje apetito,

en vez de cansadas peticiones

y estrictas obligaciones 

-renunciar a uno mismo es dicha.(Goethe, "Ein un Alles")

 

Tengo la certidumbre de que mi mente es Buda. No hay nada que ganar o lograr.

Milarepa

 

El mundo en el que vivimos nos impulsa a ser "alguien", a lograr el éxito, la admiración, a ser reconocidos como alguien de importancia, a que nuestro nombre sea recordado. Ser reconocido como alguien que se destaca por sobre los demás, para muchas personas es la más profunda motivación existencial.

 

Esta necesidad de ser reconocidos, de consolidar nuestra identidad a través de la percepción de los demás que, como un espejo, nos regresan nuestra imagen y confirman y dan lustre a nuestra existencia (haciéndonos saber que somos "alguien"), aunque es alimentada y conservada por la presión social tiene un origen aún más profundo. La misma manera en la que percibimos la afianza. El hecho de que una persona se perciba como un sujeto en el centro de mundo de objetos refuerza la mentalidad de que somos el centro del universo, y que lo importante es conquistar ese mundo de objetos (y objetivos), a través del cual obtenemos nuestra sensación de ser. Nos alimentamos de los objetos y la admiración de las personas que así confirman y robustecen nuestra identidad, nuestro deseo de ser especiales, de despuntar conspicuamente, para no ser nadie, para no perdernos en el vacío. Empezamos a disfrutar las cosas sólo a través de la mirada del otro que aprueba nuestra existencia. Alimentándonos de esta admiración, de este éxito que creemos nos merecemos, cultivamos orgullo por lo que somos, por todo lo que hemos logrado, y esto es el principal obstáculo para alcanzar el entendimiento de la realidad, incluso cuando el orgullo viene por los actos virtuosos que hacemos, como explica Siddharameshwar (maestro de Nisargadatta Maharaj) en el epígrafe de este texto. Y es que el orgullo por lo bueno es lo que más refuerza nuestra sensación de ser un "alguien" que sobresale de los demás.

 

Pero aunque esta es nuestra realidad relativa (construida y sustentada consensualmente), que somos el centro de un universo de objetos que giran alrededor de nuestra percepción, en los cuales nos vemos, a través de los cuales construimos nuestra identidad y de cuya manera de responder a nuestros deseos depende nuestra felicidad, este estado, esta realidad relativa es esencialmente insatisfactoria. Y es que, por más que logremos apuntalarnos por sobre el universo de objetos y consolidemos nuestra identidad de manera exitosa (en la cima de ese universo de objetos y otredades), todo lo que podamos conseguir de esta manera está siempre al borde de desaparecer e inevitablemente desaparecerá. En otras palabras, por más admiración y posesiones que consigamos para darle seguridad a nuestra identidad, la realidad es que esta identidad que depende del reconocimiento de los demás está siempre en un estado de extrema fragilidad. En cualquier momento podremos dejar de ser el mejor en algo, o ya no ser más que otro, o dejar de tener algo que nadie tiene y perder cualquier tipo de etiqueta o persona que da realidad a esa identidad y, lo que es más, en cualquier momento dejaremos de ser "alguien", puesto que inevitablemente moriremos. Y si acaso existe una vida después de la muerte, las religiones que se han dedicado a pensar en esto coinciden en que no nos llevaremos lo que hemos apilado sino solamente, acaso, lo que hemos dado desinteresadamente. El orden del mundo material se invierte en el mundo espiritual; la dialéctica celestial del amo y el esclavo: el verdadero privilegio yace en servir y la verdadera fortuna yace en no tener nada (para, así, tener el corazón ligero a la hora de la balanza, que en Egipto se pesaba contra la pluma de Maat). San Juan de la Cruz escribió: "En el ocaso de nuestra vida seremos juzgados en el amor". Sin que haya un juicio o un juez, uno intuye que el amor es ya el proceso determinante de nuestra existencia, y el amor pide que nos demos, incluso que nos vaciemos. Esto mismo lo expresa de manera insuperable la mística del siglo XIII Hadewijch de Amberes:

Antes yo era rica, pero todo se pierde en el amor.

Nada de mí misma queda, todo se pierde en el amor.

El amor me ha subyugado y esto no es para mí una sorpresa, 

puesto que él es fuerte y yo soy débil,

me deshace y me libera de mí misma...

*     *     *

El vacío nos produce pánico, horror vacui. Blaise Pascal escribió sobre el terror que le produce al hombre la inmensidad: "Me veo abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran. [...] El silencio eterno de los espacios infinitos me aterra". Pero a quien le aterra lo infinito es solamente a quien se identifica con lo finito, y a quien le genera temor el vacío es solamente a quien se cree sólido. El mismo Pascal explica que si somos algo o alguien no podemos ser todo y, sin embargo, siempre nuestra existencia como "alguien" está marcada por nuestra sed de totalidad -de lo cual se deriva la insatisfacción consustancial (que llevó al Buda a decir que el mundo es sufrimiento (dukha)). La causa del sufrimiento en su origen más profundo es justamente esta separación entre el sujeto y los objetos, este vano esfuerzo de erigirse sobre un mundo impermanente. 

La pregunta es si realmente somos "alguien", y por lo tanto estamos separados para siempre de la inmensidad (que es entonces un inminente borde a la nada) y por lo tanto es natural (aunque estéril) luchar por seguir siendo alguien, por no disolvernos, por mantener nuestro castillo amurallado de identidad, aunque eso signifique siempre estar solos, sufriendo por el deseo de participación extática con la totalidad. ¡Qué cruel sería la existencia si realmente, absolutamente, somos alguien! ¡Qué razón, entonces, la de Pascal al aterrarse ante el silencio eterno de los espacios infinitos que, si es así, no serían el murmullo tremendo del misterio, sino los más abyectos y nihilistas cementerios!

Pero tal vez no somos alguien, tal vez nos hemos confundido, nos hemos identificado con el personaje menor de un sueño (un sueño sin soñador, como un universo sin creador) y somos nadie. Una nada (no-thingness, una no-cosa) que es, una nada en la cual resplandece el Ser de todos los seres. Místicos diversos como Eckhart, Pseudo-Dionisio, Ramana Mahararshi o Krishnamurti consideraban que la realidad última del ser es impersonal e inefable: relativamente podemos surgir e identificarnos como alguien, pero esta no es nuestra verdadera naturaleza. Nos confundimos como la ola que se cree otra cosa que el océano, deslumbrados por nuestra propia forma que parece sobresalir. Como la ola, no somos nada sin la totalidad del océano. Esto no es para nada una tragedia, sino que constituye la fuente pura y total de la alegría. Krishnamurti lo expreso así: "Feliz el hombre que nada es". Nada, para no bloquear la expresión del ser indeterminado. Sólo quitar el tronco que interrumpe el flujo del río hacia el océano, creando un remolino que se imagina un ente distinto del flujo del agua: el vórtice de la personalidad. El siguiente pasaje de Krishnamurti merece citarse extensamente:

 

El verdadero estado de percepción alerta consiste en permitir que la vida fluya libremente, sin que quede ningún residuo. La mente humana es como un colador que retiene algunas cosas y deja pasar otras. Lo que retiene, es la medida de sus propios deseos; y los deseos, por profundos, vastos o nobles que sean, son pequeños, son mezquinos, porque el deseo es cosa de la mente. La completa atención implica no retener cosa alguna, sino poseer la libertad de la vida, que fluye sin restricción ni preferencia alguna. Siempre estamos reteniendo o eligiendo las cosas que significan algo para nosotros, y aferrándonos perpetuamente a ellas. A esto lo llamamos experiencia, y a la multiplicación de experiencias la llamamos riqueza de la vida. La riqueza de la vida es estar libre de la acumulación de experiencias. La experiencia que queda, que uno retiene, impide ese estado en que lo conocido no existe. Lo conocido no es el tesoro, pero la mente se aferra a eso, con lo cual destruye o profana lo desconocido.

 

La vida es una cosa extraña. Feliz el hombre que nada es.

 

*     *     *

 

En vez de buscar lo conocido-confortable que reafirma nuestra identidad, podemos des-hacernos hacia el misterio, hacia lo vacío, hacia lo terrorífico-maravilloso, lo sublime. Pero para alcanzar lo sublime es necesario entregarnos completamente, tomar refugio, postrarnos ante la magnificencia de algo más grande que nosotros. Vaciarnos (kenosis) para poder acoger y ser acogidos, hacernos a un lado para ser habitados por lo divino, ex-stasis. Borrar el pizarrón para que el cosmos en su espontaneidad pueda decirse en nosotros. Edmund Burke, en su tratado Sobre lo sublime, sugiere que lo sublime siempre está acompañado del terror, es "el estado de asombro del alma en el que se suspende todo movimiento" y en el que la mente se ve enteramente henchida por aquello que contempla. Es el silencio y el vacío, lo que Krishnamurti llama no retener nada, lo que permiten el conocimiento de lo sublime, en lo cual, como en todo conocimiento verdadero (en el sentido bíblico) uno se convierte en lo que conoce. Este es el poder del arte: lo sublime, sublima. Sublimar literalmente es hacer que lo sólido se vuelva gaseoso, etéreo, que la solidez de la identidad que limita al ser se evapore. Lo sublime es lo infinito que penetra en lo finito para revelarle su infinitud.

 

Para Burke lo sublime se alcanza no al afirmar la propia superioridad o trascendencia, sino al darnos cuenta de nuestras propias limitaciones, la visión de lo más grande sólo es posible en lo más humilde. De otra manera lo único que se percibe es la propia proyección, el delirio de grandeza del individuo. Para Kant una de las cualidades de lo sublime es que carece de fronteras o límites y para Schopenhauer la más alta sensación de lo sublime es justamente el entendimiento de la pequeñez, la nada incluso del individuo ante la inmensidad del universo. Y aunque esta inmensidad puede arrasarnos y aniquilarnos, al hacerlo cumple con lo que es nuestro verdadero deseo, el deseo que subyace a todo otro deseo, reintegrarnos con la totalidad, algo para lo cual debemos dejar de ser "alguien". La aniquilación es la única vía a la divinización. Incluso cuando queremos apuntalarnos por sobre los demás para habitar una cima solitaria (delusoriamente siguiendo la inflación del ego) lo que estamos buscando es dejar de sufrir la separación. Lo que opera en ese caso es simplemente un mal entendimiento que instala un mecanismo de defensa con el que buscamos paliar esa separación a través del dominio, de la posesión y todo aquello que afirma nuestra identidad (la voluntad de poder). El malentendido yace en la noción errónea de que existimos absolutamente, por nuestra propia cuenta, como un yo separado, fijo y estable; al creer esto, lógicamente nuestra conducta nos lleva a buscar poseer y afirmarnos en y por sobre los demás (los cuales no podemos ser, pero sí poseer o al menos dominar). Si entendemos que no existimos de manera separada sino que hemos creado un frente, una fachada ilusoria que nos separa, entonces podemos descubrir que al dejar de re-presentarnos como "alguien" naturalmente caemos en el estado de no-separación. Para ser todo sólo hay que ser nadie.

 

Este mismo predicamento puede resumirse en la frase de Jung: "Donde el amor rige, no hay voluntad de poder; donde la voluntad de poder rige, no hay amor".

*    *    *

 

¿Cómo dejamos de ser alguien y nos volvemos nadie, el verdadero sentido de la existencia? La compasión y la sabiduría son los dos senderos convergentes. Compasión es el método por excelencia para perder importancia personal, para abandonarse y aniquilarse en lo otro (que es superior, en el sentido de que hay más otros que tú) (y que se revela como lo mismo, el propio ser elevado a la cualidad del misterio) y sabiduría, en este caso, significa fundamentalmente cortar de raíz la percepción conceptual-representacional que crea la dicotomía sujeto-objeto. Este es el misterio de que se puede ser nadie y aun así percibir, saber, gozar. Cuando la forma dualista de percibir cesa, emerge naturalmente el modo originario de la cognición que es descrito como "una luminosidad que se da cuenta", una luminosidad inseparable de la vacuidad: el espacio co-emerge con la luz, no son dos. Como se dice en el Sutra del corazón: "la vacuidad es forma; la forma, vacuidad". La forma es la luminosidad que emerge de la vacuidad, como la ola que emerge del mar, sin nunca ser otra cosa que mar. Aunque no se puede decir que tiene características, se expresa como gozo, como efulgencia (la ola en el mar, la nube en el cielo); este es el juego de la totalidad que, en su infinito potencial, existe también como ilimitada diversidad (esa extraña y sublime paradoja de no sólo ser la gota que se disuelve en el mar, sino también el mar que se sabe en la gota). La vacuidad radiante tiene la cualidad, en su creatividad irreprimible, del gozo de la forma: la escultura volátil de la ola. El mundo y toda apariencia se revelan como ornamento, una joya hecha de oro que permite disfrutar el deleite extravagante y exuberante de la forma, sin nunca ser otra cosa más que oro. Como los alquimistas supieron, el secreto no yace en saber cómo transformar el plomo en oro, sino en saber que el plomo siempre fue oro. No es insignificante recordar que el proceso alquímico de la piedra filosofal comienza con la calcinación.

 

 

 

 

 

Twitter del autor: @alepholo

 

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    oct. 22

    Sin duda, una de las teorías que más ha influido en la psicología moderna es la de la inteligencia emocional de Daniel Goleman. Este autor defiende que la capacidad intelectual no es en absoluto la más importante a la hora de predecir el éxito de las personas . Por el contrario, nuestras competencias emocionales tendrían un peso mayor. Desde que el concepto de inteligencia emocional ha pasado a formar parte de nuestra cultura, a día de hoy prácticamente todo el mundo ha oído hablar de esta idea. Pero, ¿en qué consiste realmente ser inteligente emocionalmente? ¿En qué se traduce esta capacidad? ¿Qué es la inteligencia emocional? Para Goleman, la capacidad de entender y trabajar con los sentimientos depende de diferentes competencias emocionales. Para considerar que una persona tiene una inteligencia emocional alta, debe demostrar buenas habilidades en la totalidad de dichas competencias emocionales . Para Goleman, hablar de sentimientos era prácticamente hablar de emociones; los primeros eran generadores de los segundos y, por tanto, existía una mutua conexión. Así, este concepto de inteligencia emocional no se basa en una sola capacidad, sino en varias , que se retroalimentan y se influyen las unas a las otras. Esta idea está muy influida por la teoría de las inteligencias múltiples , de Howard Gardner. Para ambos autores,  las facultades mentales de una persona son mucho más complejas de lo que hasta el momento se había considerado . En los trabajos de este autor, no se percibe la capacidad intelectual como un solo elemento; son, por el contrario, varios los factores que influyen en el nivel de inteligencia de un individuo. Competencias emocionales según Goleman Gardner ya tenía en cuenta en cierta medida las habilidades emocionales de una persona. En su modelo, estas habilidades estaban representadas por dos tipos de inteligencia: la intrapersonal y la interpersonal . En la teoría de Goleman, por el contrario, las competencias emocionales forman una categoría separada de todos los demás tipos de inteligencia . Así, en su modelo, las habilidades más importantes a la hora de trabajar con los sentimientos son las siguientes: Autoconciencia . Es la capacidad de entender las propias emociones. Autorregulación . Se trata de la habilidad de manejar e influir en los propios sentimientos. Motivación . Definida como la capacidad de empujarse a uno mismo a actuar para conseguir las propias metas. Empatía . Es la habilidad para comprender las emociones de otros individuos, y tenerlas en cuenta a la hora de actuar. Habilidades sociales . Se trata del conjunto de capacidades que nos ayudan a establecer relaciones satisfactorias con otras personas. A continuación, estudiaremos en qué consiste cada una de las anteriores competencias. 1- Autoconciencia El primer paso para poder trabajar efectivamente con las emociones es darnos cuenta de que existen . En un principio, esto puede parecer algo muy sencillo, pero la realidad es que no es tan fácil desarrollar esta habilidad. ¿Cuántas veces te has sentido molesto con alguien sin entender realmente por qué? ¿En cuántas ocasiones te ha invadido una tristeza aparentemente inexplicable? La autoconciencia sería, entonces, la habilidad que nos permitiría examinar nuestras propias emociones y comprenderlas en su totalidad . Esto nos ayudaría a encontrar su origen y el mensaje que nos quieren transmitir, pero también a ponerles nombre y a comprender cómo influyen en cada situación. 2- Autorregulación Una vez que hemos descubierto qué es exactamente lo que sentimos y por qué,  debemos ser capaces de influir sobre ello . De eso precisamente se encarga la segunda de las competencias emocionales: cuando aprendemos a autorregularnos, adquirimos la habilidad de cambiar nuestros sentimientos, voluntariamente, en cierta medida. Por supuesto, esto no implica que puedas alcanzar cualquier estado de ánimo con tan solo desearlo. Por el contrario,  la autorregulación nos ayudará a entender los pasos que debemos dar para sentirnos de una manera diferente . La puesta en práctica de esta habilidad es muy útil, ya que nos permite evitar relativamente aquellas emociones que más nos sabotean y fomentar las que nos ayudan. 3- Motivación La tercera de las competencias emocionales de Goleman es la última que tiene que ver con los propios sentimientos. Está estrechamente relacionada con la autorregulación, pero lleva la capacidad para cambiar nuestro estado un paso más allá. Desde su perspectiva, si aprendes a motivarte, serás capaz de emprender acciones valiosas que te beneficien, superando la pereza que te puedan dar algunas. De hecho, algunos estudios nos muestran que  la capacidad de automotivarnos es una de las más importantes a la hora de alcanzar el éxito . Esta, además de ser una regla poderosa, lleva imantada la virtud de ser aplicable a muchas áreas vitales. 4- Empatía Prácticamente todo el mundo ha oído hablar de la empatía. En su forma más básica, se trata de la capacidad de comprender los sentimientos de otras personas . Sin embargo, tal y como la definió Goleman, se trata de una competencia más compleja. Así, para este autor, la empatía nos permite no solo entender las emociones de otros, sino tenerlas en cuenta a la hora de planificar nuestras propias acciones . Sin ella, no seríamos conscientes de nuestro impacto en los demás, y por lo tanto sería mucho más sencillo que hiciéramos daño a la gente sin darnos cuenta. 5- Habilidades sociales La última de las competencias emocionales de Goleman es más bien un conjunto de capacidades: se trata de todo aquello que nos permite relacionarnos con los demás de manera efectiva . Así, implicaría aspectos como: La habilidad para hablar en público .La capacidad de conectar con los demás.La superación del miedo a hablar con desconocidos.Etc. Un último apunte Es importante mencionar que  todas estas competencias emocionales pueden ser aprendidas . Al contrario que la capacidad intelectual, que se supone que es innata, las habilidades de la Inteligencia Emocional pueden desarrollarse mediante el esfuerzo voluntario y personal. Por lo tanto, incluso aunque consideres que no cuentas con un nivel muy alto de inteligencia emocional, no hay razón para que desesperes: con el trabajo adecuado, podrás desarrollar estas habilidades que están tan asociadas al éxito . Fuente: La Mente es maravillosa
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    oct. 15

    Periodista de éxito, vivía atrapada en las drogas y el alcohol, la ira y el miedo hasta que descubrió en la meditación un camino de liberación de sus adicciones físicas y emocionales. “Mi incapacidad de hablar acerca de mi maltrato sexual, físico y emocional había ido depositando capas de emociones tóxicas no expresadas. Me había convertido en víctima de mi pasado. Para mí la meditación fue lo que reventó la tapa sobre todo lo que intentaba mantener fuera de la vista. La práctica meditativa del mindfulness -ser consciente en cada momento- fue cómo disponer de un telescopio dirigido a mi corazón. A la luz de esa atención hacia mí misma no pude esconder el hecho de que mi corazón estaba lleno de cólera, ni pude continuar intelectualizando o anestesiando mi recorrido por la vida”, escribe Valerie Mason-John en Desintoxica tu corazón. Meditaciones para sanar traumas emocionales (Ed. Kairós). Formadora en gestión de la ira , nos encontramos con ella en La Casa del Tíbet de Barcelona dónde ha dado un taller (“Mindfulness y el círculo vicioso de las adicciones. Libera las cadenas de tu sufrimiento”) para tomar conciencia de las adicciones que hay en nuestra vida y ayudar a liberarnos de ellas. ENTREVISTA CON VALERIE MASON-JOHN ¿Todos en cierta medida somos adictos a algo, ya sea una sustancia, una emoción, una relación, la comida, el trabajo... ? Yo veo adicciones continuamente. Para ciertas personas la adicción que sufren es una cuestión de vida o muerte, pero otras personas sufren adicciones que conllevan una muerte más lenta. Una de las definiciones de adicción es sentir anhelo de algo y que en este deseo haya un elemento de perdida de control, una compulsividad y una necesidad de ello a pesar de las consecuencias. Yo me puedo decir: “No, no. Yo no sufro nada de todo esto”. Esta es la trampa. Carl Hart, un profesor de neurociencia y psicología de la Universidad de Columbia, explica que nuestros comportamientos adictivos a menudo están estrechamente relacionados con nuestra imperiosa necesidad de ser felices todo el tiempo. La gente que quiere ser feliz continuamente se auto-genera mucho sufrimiento porque, cuando no alcanzan ese ideal de felicidad, se sienten muy desgraciados. ¿Escapamos del dolor como los adictos? Los seres humanos tendemos a escapar de la experiencia. Llegamos incluso a evitar y a sabotear las experiencias placenteras. Nos estamos divirtiendo y decimos: “Esto no basta, no es suficiente. Necesito más”. Es como si estás saboreando una maravillosa comida y piensas en lo que vendrá después o te entristeces con el último bocado. Para algunas personas sostener la felicidad y el placer resulta extremadamente difícil. Les cuesta entrar en contacto con lo agradable en la mayoría de los casos por lo que han vivido en su infancia. Si has sufrido abusos, como fue mi caso, se sabe que cuando el cuerpo es tocado de una determinada manera, segrega dopamina automáticamente. Así pues, si alguien ha experimentado esta sensación agradable mientras sufría abusos, puede a partir de entonces dedicarse a evitar toda sensación placentera ya que la vivencia resultará demasiado dolorosa y despertará también el dolor vivido. Otras lo que rehuyen constantemente son las experiencias y emociones desagradables. No quieren contactar con el dolor. Otras no soportan las vivencias neutras. Los niños son especialistas en esto. Dicen: “Me aburro” achacando la culpa de su aburrimiento a los adultos. Desean evitar esa experiencia neutra donde no ocurre nada en particular. A ciertas personas les ocurre en la edad adulta hasta el punto de que cuando están una relación en la que no está pasando nada acaban provocando una pelea. La intensidad crea adicción. Estamos siempre moviéndonos sobre un péndulo que va del anhelo a la aversión y de la aversión al anhelo. Es la forma que tenemos de estar continuamente escapando de aquello que sentimos. Al final de un día de trabajo suele asaltarnos un ligero bajón de energía. ¿Qué hace la mayoría de gente? Tomar una copa de vino o fumar o comer... Todo con la intención de no sentir esa sensación de vacío. ¿Cuál es la solución? La auténtica libertad reside en el no hacer, algo que resulta increíblemente difícil de llevar a cabo ya que en nuestra cultura siempre tenemos que estar haciendo algo. Pero la libertad es no hacer nada y sostener lo que uno siente. ¿Cómo? Practicando como practicas cuando quieres ser bueno jugando al fútbol o quieres ser bueno en tu trabajo. Es una práctica compasiva. “La auténtica libertad reside en el no hacer”. “El sufrimiento tiene un final”, asegura en la primera página de su libro. ¿Es así? Estas enseñanzas no son mías, proceden del fundador del mindfulness, Siddharta Gautama, conocido como Buda. Sus enseñanzas surgen de su experiencia personal porque estos conocimientos están en el interior de cada uno de nosotros y aparecerán siempre que nos tomemos el tiempo de parar. Si paramos, veremos que realmente existe una manera de dejar de sufrir. Nuestro cuerpo envejece, enferma y muere. Esto es una realidad. Pero los humanos, a quienes nos cuesta gestionar y aceptar los cambios, creamos un sufrimiento añadido e innecesario. Todo el mundo tiene la capacidad de vivir sin sufrir independientemente de sus condiciones de vida. Hay personas que gozan de mejores condiciones de vida que otras, es cierto, pero también lo es que las personas que tienen más no siempre son las más felices ni saben cómo disfrutar de ello. ¿Una de las raíces del sufrimiento es identificarse con los pensamientos dando por sentado que aquello que pensamos es real? Sí. Lo que enseño es que los pensamientos no son hechos. Si realmente tomamos por cierto y real aquello que pensamos, nos convertimos en nuestros pensamientos y actuamos a partir de lo que ha creado nuestra mente. La realidad es que la mente produce pensamientos y, aunque pueda calmarse, lo seguirá haciendo. La práctica consiste en tener pensamientos sin un pensador. Lo que digo es que los pensamientos llegan a nuestra mente, pero no tenemos por qué identificarnos con ellos, ni construir una historia a partir de ellos y después creerla cierta. Mi trabajo consiste en ayudar a las personas a descubrir un nuevo lenguaje alrededor de los sentimientos, de los pensamientos y de los hechos. Porque a menudo las personas aseguran “sentirse abandonadas”. O también dicen: “me siento juzgado” o “siento que me dejan de lado”. Pero en realidad esto no son sentimientos, sino una interpretación de algo que ha pasado. Estamos ante una historia que nos hemos contado y al creerla nos generamos sufrimiento. ¿Y qué hacer con las sensaciones? En mindfulness hablamos de tres tonos de sensación: sensación agradable, desagradable o neutra. Si caminando por la calle me encuentro con una pastelería, mi vista y mis ojos contactan con los pasteles y aparecen sensaciones en el cuerpo. Quizá empiezo a salivar, tal vez las manos me empiezan a sudar, aparecen sensaciones en el estómago... Y esto ocurre ante cualquier situación. Tenemos seis sentidos -porque la mente es también un sentido- y tan pronto como estos sensores contactan con algo aparecen sensaciones, unas veces de manera más sutil y otras de manera más determinante. Y según son estas sensaciones -agradables, desagradables o neutras-, llegan pensamientos a nuestra mente y después emociones y finalmente actuamos a partir de todo ello. “Para algunas personas sostener la felicidad y el placer resulta extremadamente difícil”. Reaccionamos a esa cháchara interior que a menudo está llena de pensamientos muy críticos con nosotros mismos... Sí, claro. Y nos tomamos lo que pensamos sobre nosotros mismos como una sentencia de vida: “Algo no va bien en mí”. “No soy digna de ser amada”. “No soy buena”. “Soy tonta”... Habrá que determinar cuál es el origen de toda esta cháchara e identificar de dónde procede esa voz. Suelen ser mensajes interiorizados desde la infancia, a veces es la voz de uno de nuestros padres, otras veces de un maestro, de un hermano, de un compañero de clase... Y es un pesado lastre que hemos arrastrado durante años y debemos dejar atrás para amarnos a nosotros mismos. Algunas veces también se nos ha enseñado una versión distorsionada del amor cuando, por ejemplo, nos han dicho cosas como: “Te pego porque te quiero”. Pero todo el mundo tiene la capacidad de recuperar el amor hacia sí mismo. Una de las toxinas que más daña es la ira. ¿Pero a veces ni siquiera somos conscientes de que la sentimos? Habitualmente las personas con niveles más altos de testosterona en su cuerpo, tienen más tendencia y facilidad para externalizar la ira, mientras que las personas con unos niveles más altos de estrógenos, la internalizan y se autodañan. Por eso son más frecuente las autolesiones o los desórdenes alimenticios en las mujeres que en los hombres. Yo sufrí un desorden alimenticio muy grave durante años. Me traté con una enorme violencia. Pero efectivamente, todos tenemos ira en nuestro interior, aunque no seamos conscientes de ella. Estar furioso no significa estar siempre gritando, el silencio puede esconder mucha rabia y agresividad. Muchas personas cuando se sienten invadidos por la rabia toman alcohol, se drogan, comen o consumen pornografía. Lo primero es darse cuenta de que esta rabia está y después habrá que ver qué hacemos con ella. ¿Y qué hacer con ella? Para trabajar la ira tenemos que volver a casa, es decir volver al cuerpo. Pongo a menudo un ejemplo: estoy conduciendo y de pronto se me cruza un coche. Entonces toco la bocina y grito al conductor como un loco. Si en lugar de eso nos pudiéramos dar cuenta de que cuando ese coche se nos ha cruzado, en nuestro cuerpo ha emergido una energía muy desagradable, si pudiéramos atender esa sensación que ha surgido, porque igual nos podríamos haber resultado heridos, hubiéramos podido morir o perder a nuestro hijo; entonces entraríamos en contacto con esa energía que ha invadido nuestro cuerpo y nos tomaríamos un momento para aquietarnos, que es lo que realmente necesitamos de verdad. Otro ejemplo que utilizo a menudo: cuando no encontramos las llaves de casa, solemos culpar a alguien de ello. Incluso los que viven solos acaban achacando la responsabilidad de la pérdida a la última visita que han tenido. Lo que ocurre es que se genera una sensación muy desagradable en el cuerpo y culpabilizar a alguien es una distracción para no entrar en contacto con esa sensación. Pero el auténtico trabajo es regresar al cuerpo, regresar “a casa”. Y utilizo la metáfora de la casa porque cuando no hay nadie en casa las luces están apagadas. Hay que aprender a habitar el cuerpo para abrir la luz. Es lo que enseña a hacer el mindfulness. ¿Cuál de las muchas propuestas prácticas que recoge en su libro recomienda a nuestros lectores para regresar “a casa”? Una de las prácticas que puede ayudar es la del “Afecto”: “Visualiza una foto de ti que te guste. Date un vistazo mental sin juzgar. Mírate con calidez y amabilidad. Date un abrazo metafórico o literal. Apóyate en tus brazos. Imagínate como un bebé diminuto e imagina que sostienes a ese bebé y que lo observas con cariño. Imagina el peso de ese chiquitín en tus brazos. Nótate a ti mismo. Apretuja a ese bebé en tu ser y date un abrazo metafórico. Cultiva más compasión en tu vida fijándote en ti mismo, con todo su dolor y dificultades, con una mirada tierna. Advierte si el darte afecto a ti mismo es agradable, desagradable, neutro o una mezcla de las tres cosas. Permanece con todo lo que surja, lo mejor que puedas, sin juzgar o montarte películas. Basta con que te apoyes en la sensación con delicadeza”. Otra práctica recomendable es la práctica de desarrollar la bondad hacia ti mismo: “Cierra los ojos y conéctate con tu asiento. Asegúrate de que estás bien apoyado y de que tus pies se asientan firmemente en el suelo. Hazte consciente de que la respiración permea tu cuerpo. Imagínala como un difusor disolviendo las toxinas de tu corazón. Al cabo de un minuto intenta visualizarte a ti mismo, o bien obsérvate en un lugar hermoso que te guste. O pronuncia en silencio tu nombre. Recuerda respirar. Al cabo de otro minuto dite a ti mismo: “Que sea feliz”, luego respira y sé consciente de cómo te sientes. Luego di: “Que esté bien”, luego respira y sé consciente de cómo te hace sentir. Luego di: “Que sea amable hacia mi sufrimiento”, luego respira. Permítete sentarte serenamente con todo lo que surja. Al cabo de unos minutos di: “Que cultive más bondad en mi corazón. Que cultive más paz en mi corazón. Que continué desarrollándome y creciendo”. Continúa recitando esas frases, dejando un minuto o dos entre cada una, permaneciendo conectado contigo mismo todo el tiempo. Transcurridos diez minutos, pon fin a la práctica”. Para muchas personas esta práctica resultará muy difícil. Para mí también lo fue, me costó porque tenía una mala relación conmigo misma. Es lo que esta práctica revela y lo que se debe trabajar. Fuente: CuerpoyMente.com
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    oct. 8

    Muchas personas han pasado o están pasando por lo que se puede definir como una crisis de vida . La palabra tiene muchas connotaciones negativas, por supuesto, ya que se asocia con situaciones muy difíciles de la vida, a menudo provocados por circunstancias fuera de la voluntad o el “control” de la persona, tales como: pérdida de seres queridos, problemas familiares difíciles, pérdida económica o un problema de salud. A veces las crisis también son provocadas por puntos de inflexión drásticos en la vida de una persona que siente que está perdiendo puntos de referencia sólidos como la identidad o el propósito de la vida. La clásica crisis de la vida media es un ejemplo pertinente. Aunque el atravesar por una crisis personal o vital nos hace sentir mal, también representa una oportunidad para aprender algo nuevo , convertirnos en personas más resilientes y evolucionar. El lado positivo y constructivo de una crisis de vida: Según ciertas investigaciones sobre el comportamiento de los sistemas adaptativos inteligentes, se ha determinado que los sistemas cambian y se auto-organizan al entrar en crisis momentáneas (un choque para el sistema donde pierde el equilibrio, la integridad y la identidad por un breve momento). El resultado es que cambia y se reestructura en un sistema que se adapta mejor a su entorno. El cambio y la evolución continuos ocurren a través de grandes o pequeñas crisis y `revoluciones’. Una analogía obvia con lo anterior es la crisis de la vida humana. Cuando atravesamos una crisis, no estamos experimentando una falla que necesita ser corregida, sino más bien viviendo una oportunidad de “re-estructurarnos” y salir como individuos más fuertes y más adaptados a las corrientes y problemas de la vida. Estas son algunas de las grandes oportunidades que ofrecen las crisis de la vida: Romper las ilusiones: Una crisis muy a menudo hace añicos la “realidad” del individuo. Puede ser tan perturbador que toda la realidad parece desmoronarse. En muchos sentidos, esto puede ser algo realmente positivo. En nuestra vida construimos todo tipo de creencias, apegos e ideas que son ilusorias en el mejor de los casos. Algunos de ellos se fortalecen a medida que se refuerzan con las decisiones que tomamos y las experiencias que tenemos. Estas realidades o ilusiones fabricadas pueden estar tan profundamente arraigadas que sólo puede ser necesario un “choque o crisis del sistema” para atravesarlas. De hecho, la crisis hace que la persona se sienta desnuda. Despojadas de mundo, se da cuenta de lo profundamente apegadas que estaban a algo nada auténtico e irreal. Descubre nuevos indicios y significados: Cuando alguien atraviesa una crisis, cambia su perspectiva de la vida. Aquellas cosas y creencias que alguna vez fueron sostenidas como “sacrosantas” son cuestionadas. Con este cambio fundamental de valores y de perspectiva, tenemos la oportunidad de descubrir nuevos significados y perspectivas a nuestro alrededor. Cambiamos nuestro lenguaje de vida, lo que puede hacernos fluir y familiarizarnos con experiencias que nunca antes habíamos tenido en cuenta. Impulsar el cambio: Por supuesto, el cambio es el matiz positivo de cualquier crisis de vida, como se señala en la idea de los choques del sistema. Una crisis puede sacudirnos hasta la médula, pero aunque su paso puede ser oscuro y doloroso, puede resucitarnos a nuevos comienzos y transformarnos. Oportunidad para superar los miedos: En nuestra hora más oscura nos enfrentamos a nuestros mayores demonios que finalmente se traducen en nuestros miedos más profundos. Los miedos pueden perseguirnos a lo largo de toda nuestra vida. Sin los pasajes críticos de la vida como las crisis, no tendríamos la oportunidad de enfrentarnos cara a cara con nuestros más profundos miedos , y aquí es donde reside la mayor oportunidad de superarlos. Reinicie su sistema: Rompiendo ilusiones y superando miedos, usted está pasando por un reinicio completo del sistema. De hecho, la crisis puede ser un proceso de limpieza muy completo. Por supuesto que no se siente nada bonito cuando lo estás atravesando, pero una vez que pasa la tormenta logras ver la vida con otros ojos. A veces una crisis puede ser considerada una segunda muerte (o una muerte del ego) y con la muerte viene el renacimiento. Despellejando la piel vieja: Las crisis de vida no siempre son totalmente perturbadoras. Puede haber pequeñas crisis de la vida que no son lo suficientemente fuertes como para reiniciar tu sistema y construirlo desde cero, pero lo suficientemente fuertes como para ser capaz de pelar las capas de piel vieja. Te endurece, te hace más flexible y se adapta mejor a muchas de las cosas que te molestaban. Experimentas una apertura, emocional y a veces espiritual, que te sincroniza con una parte más profunda de tu ser. Saldrás más fuerte: Las crisis pueden ser sobre todo pruebas. En esos momentos en los que uno se siente completamente perdido y herido, hay oportunidad de ser probado. Recuerda que las crisis también pueden ser vistas como una iniciación a la vida – una prueba o desafío que puede llevarte a un nuevo nivel de ser. En última instancia, te hace más fuerte, no porque hubiera “endurecido tu piel” como algunos suponen, sino por el contrario, porque te hace más flexible y abierto a las tormentas venideras. Poniéndote en Contacto con su “Ser Interior”: El punto sobre la apertura de hecho apunta a otro beneficio oculto. En el primer punto mencioné cómo la crisis puede romper nuestras ilusiones. Las ilusiones pueden ser tanto sobre nuestra vida externa como sobre la interna. Podemos tener muchas ilusiones sobre nosotros mismos, como imágenes o identidades no auténticas de nosotros mismos. Romper esas ilusiones y ser más abiertos nos llevará a un aspecto más cercano y verdadero de nosotros mismos. Abrirse al Amor: Incluso los personajes más rudos pueden ablandarse en medio de una crisis de vida. Nos damos cuenta de lo frágiles y sensibles que somos. Entendemos la importancia de la atención y el amor de los demás, pero lo más importante es que nos damos cuenta de lo importante que es darlo a conocer. Una crisis puede ser una gran oportunidad para reconciliarnos con nuestro pasado y con nosotros mismos. Nos sacude hasta la médula y a menudo comprendemos plenamente cómo éramos de “rígidos” y nos cerramos para amar detrás de la máscara de nuestras carreras, de nuestras personalidades sociales o de nuestras imágenes de nosotros mismos. Una excelente oportunidad para “soltar y confiar”: El verdadero desafío de una crisis de vida es dejar ir y confiar. Es contradictorio dejar ir y confiar en el momento en que nos sentimos más vulnerables, golpeados o traicionados por la vida, pero ahí está el desafío. Sin embargo, Dejar ir y confiar resulta el mayor y más gratificante beneficio de cualquier crisis. Cuanto más resistimos, más difícil será el paso. Es un poco como cuando estás flotando en el mar y las olas vienen hacia ti. Si luchas, tus músculos se ponen rígidos, pierdes mucha energía y aliento y eventualmente te arriesgas a hundirte. Al dejar ir y relajarse es más fácil mantenerse a flote. Sobretodo, aunque te sientas de la peor manera, no dejes de agradecer la crisis de vida que tienes, porque en definitiva te llevará a convertirte en tu verdadero YO y a ser tú mismo! Fuente: Reencontrate
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