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La Felicidad

Cuando afrontamos una cuestión como la felicidad, entramos en un campo de minas que nosotros mismos hemos sembrado sin ser conscientes de haberlas puesto ahí.

 

Buscamos deliberadamente la felicidad y de manera permanente, al menos, eso es lo que creemos, lo cual no deja de ser un error, ya que cuanto más la busquemos más posibilidades tenemos de no encontrarla.

 

Cada persona tiene una idea muy particular de lo que representa la felicidad para ella. Más de una vez te han preguntado o has preguntado si eres feliz. ¿De qué depende la respuesta? ¿De nuestra buena salud? ¿De nuestras relaciones personales? ¿De nuestra capacidad para percibir belleza en el arte y en la naturaleza? ¿De tener un buen trabajo? ¿De si me toca la lotería? ¿De si puedo tener vacaciones? ¿De dedicarme a lo que me gusta? Estas preguntas, son sólo la punta del iceberg de infinidad de preguntas más al respecto.

 

 

Decíamos que cada persona valora de manera totalmente subjetiva lo que es la felicidad. En lo que sí parece haber bastante acuerdo, es en decir que todos vivimos situaciones que truncan o dan al traste con los momentos más o menos efímeros de felicidad que parecemos vivir. Situamos de esta manera a la felicidad en relación directa con los acontecimientos que vivimos en nuestro día a día, haciendo depender ese estado de las circunstancias, que por otra parte, nosotros mismos generamos. De ahí la analogía con el campo de minas. Atravesamos nuestra existencia sorteando obstáculos que nosotros mismos hemos puesto ahí, o hemos contribuido a depositar.

 

Un gran engaño es valorar la felicidad desde el mundo que vemos y en el que hemos nacido. Nuestra cultura nos marca unas premisas muy claras de lo que has de “tener” para conseguir ese estatus deseado, y que nosotros asociamos a la felicidad. Pero recuerda que nunca tendrás bastante, con lo que la felicidad se convierte en un fuego fatuo que solo ves pero que nunca tienes. Cuando has conseguido algo, de manera automática quieres otra cosa y después otra, y otras, etc.

 

Le hemos otorgado muy poco valor y una exigua entidad a la felicidad. Creemos que es lo máximo a lo que podemos aspirar pero un simple atasco en el tráfico da al traste con nuestro estado placentero. ¿No será que a lo que llamamos felicidad es otra cosa? ¿En tan baja estima hemos situado nuestra concepción de la felicidad que cualquier contratiempo la quebranta? No deja de ser contradictorio que nuestra máxima aspiración sea tan frágil. Todos soñamos con ser felices, pero a la vez, ésta parece extremadamente vulnerable; basta con que nos sintamos amenazados con perder el empleo, o veamos signos de desconfianza en una relación, un presentimiento ante un gesto de nuestro médico. Si cualquier contrariedad pone en jaque nuestra felicidad, lo más probable es que llamemos felicidad a lo que no lo es.

 

La felicidad no puede ser tan inconsistente ni tan débil ni tan precaria, y sobre todo tan expugnable y variable. Hemos bajado tan de nivel la felicidad que la hemos sacado de nosotros mismos para entregársela al mundo. Esta proyección no hace más que aumentar todavía más nuestra sensación de pequeñez.

 

La felicidad se halla en un nivel muy superior, mucho más allá de nuestra negatividad y nuestra percepción. La felicidad es un estado de bienestar interno y constante que está muy por encima de los acontecimientos cotidianos. Tiene que ver con  tu propia plenitud, con el reconocimiento de quien eres en realidad y no de quién crees ser. La mayoría de la gente supone que lo importante es lo que creen en su mente consciente, cuando lo cierto es que son sus creencias inconscientes las que marcan la diferencia.

 

A menudo olvidamos la responsabilidad que tendríamos que tener para con nosotros mismos. Es importante que canalicemos nuestros esfuerzos en no conformarnos con las migajas. La felicidad no son momentos, la felicidad eres tú. Si entendiéramos esto nos daríamos cuenta de aquello que se decía en una película “hemos cambiado la felicidad por un discreto bienestar”. En definitiva, la felicidad estará todo lo lejos de ti que tú quieras que esté, la distancia será proporcional a la visión que tengas de ti mismo.

 

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