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¿Somos realmente quienes creemos ser?

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¿Cómo explicar, que sintamos la existencia de un yo, que somos un yo, que lo que sucede me sucede a mí, que lo que hago lo he iniciado yo, que lo que siento lo siento yo y que cuando me despierto sea el mismo yo el que se despierta y se reconoce en el espejo? La biología moderna (la neurociencia cognitiva) y el budismo coinciden en que ésa es una percepción equivocada que ha acabado convirtiéndose en un hábito individual y cultural. No es posible descubrir, según ambos puntos de vista -por más sistemáticamente que lo busquemos-, un yo permanente, independiente y duradero alguno, ya lo busquemos en “nuestro” cuerpo (incluidas las células, las glándulas especializadas, el sistema nervioso, el cerebro, etc.), en “nuestras” emociones, en “nuestras” creencias, en “nuestros” pensamientos, en “nuestras” relaciones o en cualquier otro lugar. Y ello es así porque se trata de un espejismo, de una emergencia holográfica, de un fantasma, de un producto de la mente pensante y emocionalmente turbulenta ligada a los hábitos. El yo se construye y deconstruye de continuo y, por ello mismo, está sujeto al cambio y, en consecuencia, no es permanente, duradero ni real y resulta imposible identificarlo y aislarlo. Es más virtual que real y, en este sentido, se asemeja a las partículas elementales que aparecen de la nada durante un breve instante para acabar desvaneciéndose al poco nuevamente en el vacío.

 

Veamos, para entender un poco más este punto, lo que queremos decir cuando nos referimos a “mi” cuerpo. ¿Quién está diciendo eso? ¿Quién afirma tener un cuerpo y estar, por tanto, separado de ese mismo cuerpo? ¿No les parece misterioso? Tengamos en cuenta que la estructura misma de nuestro lenguaje es autorreferencial y nos obliga a decir “mi cuerpo”, razón por la cual acabamos cayendo en el hábito de creer que eso es lo que somos o, cuando menos, una parte de lo que somos. Precisamente por ello, en el nivel relativo de las apariencias, acabamos considerando “yo” como un aspecto incuestionable de nuestra realidad convencional.

 

 

En cualquiera de los casos, es cierto que existe una misteriosa relación entre yo y mi cuerpo, pero se trata de una relación que habitualmente damos por sentada y, por ello mismo, es fácil acabar creyendo que se trata de “mi” cuerpo. Y lo mismo podríamos decir con respecto a la mente. ¿De quién es la mente? ¿Quién tiene problemas? ¿Quién quiere saber?

 

¿Qué podríamos perder y qué podríamos ganar si cambiásemos de forma radical la visión que tenemos de nosotros mismos por una mayor, más amplia e incluso más fundamental?

 

Si aprendiésemos a cuestionar el modo en que se establece una sensación de identidad en torno a ocurrencias y apariencias que nos aprestamos a defender a cualquier precio, si empezáramos a cuestionar la realidad de la sensación de identidad, para determinar si es permanente o está cambiando de continuo y estimásemos su importancia en un determinado momento con respecto a una totalidad superior, no nos pasaríamos la vida obsesionados y consumidos con nuestros pensamientos, opiniones e historias personales de logros y de perdidas, tratando de minimizar éstos y de maximizar aquéllos. Entonces podríamos ver más allá del velo de nuestras creaciones que, de manera sutil o no tan sutil, tiñen todos los aspectos de nuestra experiencia. En tal caso, podríamos escucharnos más exactamente, podríamos tomarnos menos en serio y tomar también menos en serio las historias que inventamos sobre cómo deberían ser las cosas para poder ser felices o encontrar “nuestro camino”.

 

 

Tal vez entonces nos resultaría más sencillo habitar el cuerpo y vivir en el mundo y reverenciaríamos adecuadamente el simple hecho de ser y de conocer, sin quedamos tan atrapados en la sensación de un “conocedor” que se halla separado de lo que se conoce y crea tanto un sujeto (un yo) como objetos fuera de aquí (para ser conocidos) y una distancia entre ellos, en lugar de reconocer que se trata de fenómenos estrechamente ligados que aparecen de manera simultánea en la conciencia. Tal vez entonces no estaríamos tan obsesionados con nuestra pequeña agenda, porque sabríamos que la sensación de identidad carece de toda existencia inherente, que sólo parece existir y que el hecho de identificarnos con ella nos encierra en una visión distorsionada, limitada e incompleta de nuestro ser, de nuestra vida, de nuestra relación con los demás y de nuestro camino en este mundo.

 

Quizás haya usted advertido que la sensación de identidad está diciéndonos continuamente que no somos completos, insistiendo en que, para ello, para ser felices, para ser completos y para conseguir lo que queremos, debemos ir a algún otro lugar y satisfacer ciertas necesidades. Pero todo ello, por más relativamente cierto que sea, olvida que, a un nivel más profundo, más allá de las apariencias y del tiempo, lo que necesitamos ya está aquí y ahora, que no podemos mejorar el yo, sino tan sólo conocer su verdadera naturaleza vacía y simultáneamente llena y, por tanto, profundamente útil.

 

Cuando sepamos esto profundamente con todo nuestro ser, podremos descansar en el conocimiento mismo y actuar en el mundo de un modo menos egoísta, menos dañino y más creativo en beneficio de todos los seres. Y podremos hacerlo porque entonces sabremos, a un nivel que trasciende lo exclusivamente intelectual, que “ellos” somos siempre “nosotros”. El conocimiento de esta interconexión es esencial, es el punto de partida de la empatía y de la compasión, de nuestros sentimientos hacia los demás, del impulso que nos lleva a ponernos en su lugar, es decir, de sentir con ellos.

 

Usted no es, desde esta perspectiva, quien cree ser. Y lo mismo podríamos decir de los demás. Todos somos mucho más y mucho más misteriosos de lo que creemos y, cuando lo sabemos, nuestra creatividad se expande de una manera extraordinaria, porque entonces resultan evidentes las limitaciones impuestas por nuestro egoísmo y nuestra preocupación obsesiva por lo que, siendo importante, no es fundamental. Ésta no es ninguna crítica, sino la simple constatación de un hecho. Y no es nada personal de modo que, por favor, no se lo tome como si lo fuese.

 

Fuente: La práctica de la Atención Plena de Jon Kabat-Zinn

 

 

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