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Morir antes de morir

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La expresión “morir antes de morir” se refiere a la muerte de la identificación con una visión estrecha de la vida que gira en torno al ego centrado en sí mismo, el ego constructor de historias y de las lentes dudosamente exactas a través de la cuales lo contemplamos todo dentro del contexto de nuestros hábitos más preciados, que, por más que nos resistamos a admitirlo, nos atribuyen el desproporcionado papel de centro indiscutible del universo.

 

Por ello morir antes de morir significa despertar a una realidad que trasciende la visión estrecha propia del ego y de sus preocupaciones, una realidad que sólo es reconocible a través de nuestras limitadas ideas y opiniones y de nuestras preferencias y aversiones condicionadas, sobre todo de aquellas que asumimos de manera inconsciente. Significa tornarse consciente, pero no en el sentido del conocimiento intelectual, sino en el de sentir y recordar directamente la naturaleza fugaz y esencialmente impersonal de la vida y de nuestras relaciones. Dentro de tal marco de referencia, podemos elegir, de manera bastante deliberada, vivir fuera de la rutina automática en la que suelen sumirnos las ambiciones y los miedos mezquinos que nos impiden advertir (aun como biólogos) la belleza y el misterio de la vida y contemplar más creativamente (aun como científicos) la naturaleza profunda de las cosas, más allá de las apariencias e historias superficiales que, al respecto, solemos contamos.

 

 

Lo cierto es que, si llevamos una vida despierta mientras estamos vivos y observamos la energía empleada por el ego para construirse de continuo sin dejarnos atrapar por él, nos daremos cuenta de que esa omnipresente referencia es un constructo impreciso y vacío y que, estrictamente hablando, no hay yo alguno que muera. Lo único que muere cuando morimos antes de morir es el concepto de un “yo” especial, concreto y aislado. Quien comprende esto, comprende también la inexistencia (excepto como pensamiento mental) de la muerte y advierte que tampoco hay nadie que muera. Ese es, precisamente, el motivo por el cual el Buda se refirió a la liberación como “la Inmortalidad”.

 

Cuanto más se aproxima uno al horizonte, más claro resulta que este siempre está retrocediendo. El horizonte no es un lugar al que pueda llegarse. Siempre parece haber algún aspecto que se aferra tenazmente a su propia historia del “yo”, del “mí” o de “lo mío”. No hay ninguna práctica meditativa ni visión “espiritual” que nos garantice la inmunidad al apego o, lo que es lo mismo, a la ilusión. Con mucha frecuencia, uno cambia simplemente de hábitos y pasa a identificarse con otro tipo de conceptos y de fantasías. En este sentido, las comunidades espirituales comportan un riesgo muy concreto, la creencia del ego satisfecho de que su práctica es la mejor, de que su visión es la más sabia, de que su tradición y sus maestros son los mejores, etc. Esa es una trampa en la que solemos caer con mucha facilidad y de la que también resulta muy difícil escapar.

 

 

El reto, desde mi perspectiva actual, consiste en advertir la emergencia de cualquier historia de ese tipo, por más sutil que ésta sea, y reconocerla, sea cual sea nuestra práctica concreta, como lo que es, como una simple construcción de la mente. Y ello independientemente de que consigamos eludir esa trampa o de que nos quedemos atrapados en ella. En el mismo instante en que descansamos en la conciencia, la muerte ya ha sucedido y el conocimiento de tal momento trasciende las palabras y los conceptos, por más significativos y valiosos que éstos puedan ser. A partir de ese momento, las palabras y los conceptos se tornan poderosos, porque uno sabe cuándo debe usarlos y cuándo, por el contrario, abandonarlos.

 

Dejemos que el mundo sea y se despliegue tal y como lo haría en el caso de que hubiésemos muerto. Abandonados todos los apegos, muertos y sin nada a lo que aferramos, vemos, sentimos y sabemos que toda identificación es inútil y reconocemos que nuestros miedos son, en última instancia, irrelevantes. Eso es lo único que sabemos y basta con ello. Es por ese motivo que cualquiera que tenga interés en esta práctica haría bien en preguntarse: « ¿Quién muere?», « ¿Quién hace yoga?», « ¿Quién medita?».

 

Al morir al pasado, al morir al futuro, al morir al “yo”, al morir a “mí” y al morir a “lo mío” sentimos, mientras permanecemos tumbados en la postura del cadáver, la esencia de la mente despojada de toda noción de identidad, de todo concepto y de todo pensamiento. Lo único que en tal caso perdura es esa potencialidad de la que emerge todo pensamiento y toda emoción, la sensación de que el conocimiento siempre está vivo aquí, en la atemporalidad del ahora. Cada día es un día perfecto para morir de este modo. ¿Está dispuesto? ¿A qué esperas?

 

Fuente: La práctica de la Atención Plena de Jon Kabat-Zinn

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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