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Un cuento sobre el origen de los zapatos

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Existe un antiguo cuento que narra el modo en que se inventaron los zapatos. Érase una vez, hace ya mucho, mucho tiempo, una princesa que cierto día, mientras paseaba por el bosque, se golpeó un dedo del pie con una raíz que sobresalía del camino. Enfadada, se dirigió entonces al canciller y le ordenó, para que a nadie le ocurriese lo que a ella, la redacción de un decreto obligando a recubrir de cuero todo el reino. El primer ministro se quedó desconcertado con esa petición, porque sabía que el rey siempre complacía los deseos de su hija y, si ella se lo pedía, acabaría cubriendo el reino de cuero. Pero esa solución, por más que resolviera el problema, contentase a la princesa y preservase la integridad de los dedos del pie de todos los súbditos, no sólo sería problemática, sino también sumamente costosa. Pensando rápidamente [por no decir “manteniendo los pies en el suelo”] el canciller dijo entonces: -¡Ya tengo la solución, alteza! ¿Por qué, en lugar de cubrir el reino entero de cuero, no fabricamos unas plantillas de cuero que puedan adaptarse a los pies? De ese modo, los pies quedarán bien protegidos y no tendremos que incurrir en un dispendio tan grande que nos prive de la dulzura del contacto con la tierra. La princesa quedó muy satisfecha con su sugerencia y así fue como el canciller acabó impidiendo una locura e inventando los zapatos.

 

 

 

Esta encantadora historia pone de manifiesto, bajo la apariencia de un sencillo cuento de hadas, una comprensión muy profunda. En primer lugar, hay cosas que nos incomodan y nos causan problemas, dos términos bastante usados en las tradiciones budistas que, pese a su extraño halo, describen perfectamente, a mi entender, las emociones que experimentamos cuando las cosas no discurren del modo en que habíamos previsto. Cuando nos lesionamos un dedo del pie, por ejemplo, nos molestamos, nos sentimos frustrados y caemos en la aversión hasta el punto de que, en tal caso, podemos decir: «odio golpearme los dedos del pie». Pero, en cualquiera de los casos, acabamos convirtiendo la situación en un problema, habitualmente “mi” problema, lo que, como sucede con todos los problemas, requiere de una solución... aunque, si no vamos con cuidado, la solución pueda acabar siendo mucho peor que el problema. En segundo lugar, la sabiduría indica que el mejor lugar para aplicar el remedio es en el punto y en el momento preciso del contacto. Por ello no acabamos recubriendo el mundo con nuestra ignorancia, nuestro deseo, nuestra ira o nuestro miedo, sino que nos limitamos a cubrirnos los dedos de los pies.

 

De manera parecida, también nos protegemos de la confusa maraña de pensamientos y emociones frecuentemente molestos y absorbentes que suelen provocar las impresiones sensoriales y dirigir nuestra atención, en el momento del contacto, hacia el punto de contacto con la impresión sensorial. En el momento de la percepción, pues, nuestra atención está en contacto con la realidad desnuda, pero instantes después se desencadena una cascada de pensamientos y sentimientos... “Ya sé lo que es” , “ ¡Qué hermoso!” , “Esto no me gusta tanto como aquello”, “Quisiera permanecer siempre así” , “No me gustaría que se repitiese” , “¿Tenía que suceder precisamente ahora?” , etc.

 

 

El objeto o situación es lo que es. ¿Podemos verlo con la atención desnuda y abierta en el momento mismo de la percepción y cobrar conciencia de la cascada de pensamientos, sentimientos, gustos, disgustos, juicios, deseos, recuerdos, expectativas, temores y reacciones de pánico que siguen, como la noche al día, al contacto original? Si pudiéramos, aunque sólo fuese durante unos instantes, descansar simplemente en la percepción de lo que se halla ante nosotros y prestar una atención plena al momento del contacto, nos daríamos cuenta del desencadenamiento de pensamientos que, independientemente de que sean positivos, negativos o neutros, provocan la experiencia, y tal vez podríamos decidir entonces no aferramos a ella sino permitir, por el contrario, que se despliegue sin perseguirla ni rechazarla. En ese caso, la irritación no tardaría en disolverse, porque la reconoceríamos como un simple fenómeno mental que aparece en la mente. Cuando prestamos una atención plena en el momento y el punto de contacto, podemos descansar en la apertura de la percepción pura, sin quedarnos atrapados en el dominio del pensamiento o en la corriente del desasosiego emocional que, obviamente, sólo generan más inquietud y turbulencia mental y nos impiden apreciar la realidad desnuda de lo que es y responder, en consecuencia, de un modo más eficaz y más auténtico.

 

La atención plena cumple, pues, con una función parecida a la de los zapatos, protegernos de las consecuencias de los hábitos de reacción emocional, olvido y daño inconsciente que se derivan de no reconocer, recordar y habitar en la naturaleza más profunda de nuestro ser en el momento en que aparece una impresión sensorial, sea ésta la que sea.

 

La atención plena a este instante no perturba la naturaleza esencial de la mente y posibilita el milagro de la visión. En ese mismo instante, estamos libres de daño, libres de todo vestigio de conceptualización o identificación, descansando simplemente en el conocimiento de lo que vemos, de lo que oímos, de lo que olemos, de lo que degustamos, de lo que sentimos o de lo que pensamos, sea eso agradable, desagradable o neutro. El ejercicio continuo de la atención plena nos permite descansar en una conciencia no conceptual, en una conciencia no reactiva y en una conciencia sin elección hasta acabar convirtiéndonos finalmente en ese conocimiento que es la conciencia, convirtiéndonos en su espaciosa y libre amplitud.

 

No está mal para un par de zapatos baratos. Pero, en realidad, esos zapatos no son tan baratos, sino que son muy valiosos. Esos zapatos no pueden comprarse con dinero, sólo podemos crearlos a costa de nuestro dolor y nuestra sabiduría. Por ello, parafraseando a T.S. Eliot, «acaban costando nada menos que todo».

 

Fuente: La práctica de la Atención Plena de Jon Kabat-Zinn

 

 

 

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