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La realidad ortogonal. Una rotación de la conciencia

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Los seres humanos somos, hablando en términos generales, exploradores y habitantes de la realidad convencional, es decir, del mundo que se halla “fuera de aquí”, el mundo establecido y determinado por nuestros cinco sentidos habituales. Todos nos sentimos, dentro de ese mundo, en casa y, a lo largo del breve curso de la historia humana, hemos aprendido a adaptarlo a nuestras necesidades. Los avances realizados por la ciencia nos permiten comprender, de una manera cada vez más clara, la causa y efecto en el mundo físico, al menos en el mundo físico newtoniano.

 

Pero aun dentro del ámbito estudiado por la ciencia -en sus bordes mismos, por así decirlo-, no está tan claro que entendamos la realidad subyacente, que parece perturbadoramente estadística, impredecible y misteriosa. Todavía seguimos sin saber, por ejemplo, las causas y el período de descomposición de un determinado evento radiactivo que tiene lugar en el núcleo de un átomo e ignoramos si el universo es finito o no lo es, si el tiempo existe o no existe, lo que sucede en el núcleo de un agujero negro, por qué el vacío tiene tanta energía o si el espacio es algo o, por el contrario, no es nada. Casi todos vivimos creyendo en la apariencia de las cosas y elaborando explicaciones cómodas sobre cómo son las cosas y por qué son así.

 

 

Todo depende, a fin de cuentas, de lo que estemos dispuestos a ver o a ignorar, de nuestra disposición a atracar nuestras percepciones en el muelle de la desatención y de asegurarlas bien con el cabo de no-mirar- sino tan-sólo-pretender-hacerlo.

 

No nos movemos nada mal en el mundo de la realidad convencional.Trabajamos, nos ganamos el pan, queremos a nuestros hijos, cuidamos de nuestros padres, queremos a nuestros hijos, cuidamos de nuestros padres, hacemos lo necesario para seguir avanzando, frente a las terribles realidades existenciales que aquejan a la condición humana, como la angustia, el sufrimiento, la enfermedad, el envejecimiento y la muerte. Entretanto, sin embargo, nos hallamos sumidos en una corriente de pensamientos, cuyos orígenes y contenido suelen escapársenos, que tiñen el momento presente y nos alejan de él, y pueden llegar a ser obsesivos, repetitivos, inexactos, implacables y tóxicos. Con cierta frecuencia, además, nos vemos secuestrados por emociones que se encuentran más allá de nuestro control y que, como resultado de un daño anterior real o percibido, pueden resultar muy dañinas tanto para nosotros como para los demás y hasta impedirnos ver claramente las cosas tal como son, por más abiertos que mantengamos los ojos.

 

Los momentos desagradables son inesperados y desconcertantes, por ello solemos descartarlos como aberraciones o impedimentos a la felicidad que siempre estamos buscando y a la historia que, en torno a ella, solemos elaborar. Esos momentos se nos escapan debido a nuestra falta de atención.  Por ello, en el fondo, nos hallamos a merced de las pautas habituales de identificación y rechazo de nuestra mente y no somos, por tanto, tan “libres” como solemos creer para hacer lo que nos venga en gana. Ni siquiera advertimos la capacidad potencial de ser libres en el sentido que Einstein o el Buda daban al término. ¿Por qué? Porque ignoramos u olvidamos que no es necesario permanecer continuamente atrapados en nuestras reacciones a los eventos, en nuestras decisiones habitualmente inconscientes de hacer esto o aquello, en relacionarnos de tal o de cual modo, en ver las cosas así o asá, en acercarnos a esto y en evitar aquellos condicionamientos, todos ellos, que se añaden a la inquietante sensación de que la vida es, muy a menudo, superficial e insatisfactoria y de que debe haber algo más, algo más profundo, algo más significativo, alguna posibilidad de sentimos mejor dentro de nosotros mismos, independientemente de toda condición y de si las cosas son provisionalmente “buenas” o “malas”, “agradables” o “desagradables”. Esta incomodidad, esta decepción y este descontento de fondo acaban llevándonos, en ocasiones, a creer, sin mencionarlo nunca, que eso es todo.

 

En el mismo momento, sin embargo, en que nos vemos obligados a investigar esa desafección, esa insatisfacción profunda, y nos preguntamos «¿Quién está sufriendo?», emprendemos una exploración de una dimensión de la realidad por completo diferente, una dimensión que nos brinda la posibilidad, anteriormente desconocida -aunque siempre disponible de liberamos de la prisión limitada del mundo del pensamiento convencional. Este proceso se experimenta como una especie de despertar de un mundo onírico y de salir de un trance consensual. Entonces todo adquiere súbitamente muchos más grados de libertad y muchas más opciones para ver, responder y afrontar de manera incondicional y atenta cualquier situación que se nos presente, en lugar de dejar que sigan respondiendo los hábitos profundamente establecidos y condicionados.

 

 

Por ello el simple hecho de preguntarnos « ¿Quién está sufriendo?», «¿Quién es el que no quiere que suceda lo que está sucediendo?», «¿Quién tiene miedo?», «¿Quién está pensando?», «¿Quién se siente inseguro, no querido o perdido?» o «¿Quién soy yo?» genera una rotación en nuestra conciencia en una “dimensión” de la realidad ortogonal a la convencional que, aunque siga siendo tan convencional como siempre, se ve ahora enriquecida, por así decirlo, con “más espacio”. Y no es necesario, para ello, cambiar absolutamente nada. Lo único que sucede entonces es que nuestro viejo mundo se torna de repente más grande y más real. Todo lo viejo parece entonces diferente, porque lo contemplamos bajo una nueva luz, bajo la luz de una conciencia que ya no se halla confinada a la dimensionalidad convencional de nuestro equipamiento mental.

 

Esto es algo que, como el cambio, está sucediendo de continuo. A menudo, nuestro esfuerzo por hacer que las cosas sean de un determinado modo y no de otro no hacen más que obstaculizar el cambio y el crecimiento natural, lo que acaba contrayendo nuestra realidad y nos mantiene atrapados en una mente y una visión condicionadas, impidiendo el desarrollo de posibilidades y dimensiones que proporcionan nuevos grados de libertad a nuestros paisajes interno y externo. Cuando tiene lugar esta rotación de la conciencia y nuestro mundo se torna súbitamente más grande y más real, atisbamos lo que los budistas denominan realidad absoluta o última, una dimensión que, si bien trasciende todo condicionamiento, es capaz de reconocerla en cuanto asoma. Entonces es cuando nos adentramos en la conciencia, en el conocimiento que trasciende la diferencia habitual existente entre el conocedor y lo conocido.

 

Cuando moramos en la conciencia, descansamos en lo que podríamos denominar una realidad ortogonal más básica que la realidad convencional. Ambas se hallan presentes instante tras instante y, si queremos habitar y encarnar plenamente nuestra auténtica naturaleza como seres sensibles, deberemos respetarlas a ambas por igual. Esa dimensión ortogonal nos permite contemplar los problemas que por lo general aquejan a la realidad convencional bajo una nueva luz, una visión más amplia y espaciosa que la mentalidad egoísta y mezquina en la que solemos hallar inmersos. Desde ahí podremos enfrentarnos a las situaciones con una libertad, resolución, aceptación, creatividad, compasión y sabiduría anteriormente inconcebibles que trascienden con mucho las capacidades de la mente convencional.

 

Fuente: La práctica de la Atención Plena de Jon Kabat-Zinn

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