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No fragmentación, no separación

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A pesar de lo que podamos experimentar prestando una atención más cuidadosa a la actividad de nuestra mente y de nuestro cuerpo instante tras instante, tendemos a vivir, tanto interna como externamente, una vida fragmentada. Y también contribuimos a esta fragmentación olvidándonos provisionalmente de lo que realmente somos, de nuestra naturaleza más profunda y de nuestro impulso a ser, no lo que somos, sino lo que los demás creen de nosotros o incluso lo que nosotros mismos creemos ser. Así es como acabamos fragmentándonos y hasta escindiéndonos de nosotros mismos y nos lanzamos, durante años e incluso décadas, en busca de una u otra quimera. Pero, a lo largo de ese proceso, perdemos el contacto con nuestra verdadera naturaleza llegando incluso, en ocasiones, a traicionarla, nuestra soberanía, la belleza de lo que realmente somos y nuestra totalidad no fragmentada y no fragmentable. Este es el auténtico origen de nuestra angustia, la enfermedad endémica que nos aqueja individual y colectivamente en la que quizás se asiente la raíz de todos nuestros conflictos.

 

 

La curación es un proceso que implica el reconocimiento de nuestra totalidad y el rechazo incondicional a fragmentarnos o a dejar que la vida nos escinda, aun cuando estemos aterrados. En última instancia, la curación no consiste en esforzarnos en lograr que las cosas sean de un determinado modo, ni en seguir el que, a veces, consideramos nuestro camino, sino en reconciliamos con lo que realmente somos. Como dijo Saki Santorelli en su libro Heal Thy Self: Lessons on Mindfulness in Medicine, la curación consiste en saber que, por más que nos escindamos, nunca dejamos de ser completos.

 

¿Con qué frecuencia abdicamos de nuestra totalidad, con qué frecuencia nos exilamos voluntaria, pero inconscientemente, de nosotros mismos y sacrificamos así nuestra conciencia, nuestra sensibilidad, nuestro sentido común, nuestra soberanía y las posibilidades de auténtica curación en aras de protegernos, de alcanzar la invulnerabilidad y de dejar de sufrir?

 

Pero ¿conocemos acaso el precio que deberemos pagar por tal abdicación? ¿Y merece realmente la pena? ¿Qué sucedería si dejásemos valientemente de someter nuestra conciencia? ¿Qué sucedería si así lo hiciésemos, aunque sólo fuera unos instantes? ¿Quiénes seríamos? ¿Cómo nos sentiríamos internamente? ¿Cómo actuaríamos externamente?

 

Einstein atisbó profundamente la naturaleza del espacio, del tiempo, de la materia, de la energía, de la luz y de la gravitación y también vio, con la misma profundidad, los efectos cegadores del deseo y del apego y la importancia de disolver lo que él calificó como “la ilusión de la separación”. Respondiendo a la carta de un rabino, que le había escrito pidiendo consejo sobre el modo más adecuado de explicar a su hija mayor la muerte de su hermana, una chica “inmaculada y hermosa de diecisiete años”, Einstein respondió:

 

El ser humano forma parte de una totalidad, llamada por nosotros “universo”, una parte limitada en el tiempo y el espacio. Pero, en una especie de ilusión óptica de la conciencia, se experimenta a sí mismo, a sus pensamientos y a sus sentimientos, como algo separado del resto. Esta ilusión constituye una especie de prisión que nos circunscribe a nuestros deseos personales y al afecto por unas pocas personas cercanas. Nuestra tarea debe apuntar a liberamos de esta prisión ampliando el círculo de nuestra compasión hasta llegar a abrazar a toda criatura viva y a toda la belleza de la naturaleza. Esto es algo de lo que nadie logra escapar completamente, pero esforzarse en conseguirlo es, en sí mismo, una parte de la liberación y el auténtico fundamento de la seguridad interna.

 

 

Me parece muy significativo que un gran físico como Einstein hable de liberación y de seguridad interna. Todo ello no hace sino subrayar lo claro que tenía que estamos contaminados por la ilusión de la separación, la separación de nosotros mismos, la separación de los demás y la separación entre el “yo” y el “tú”, una división que genera mucho sufrimiento y la necesidad de protegernos de él cultivando la compasión.

 

¿Podemos ver nosotros también con ojos de totalidad y ser conscientes de las prisiones en las que acabamos encerrándonos, tanto a en realidad, no existe? ¿Podemos también, como dice Einstein, expandir el círculo de nuestra compasión hasta “llegar a abrazar a toda criatura viva y a la totalidad de la belleza de la naturaleza”? ¿Y podemos incluirnos a nosotros mismos en el círculo de la compasión? ¿Por qué no?

 

Esta, después de todo, no es una filosofía, sino una práctica. Y esa práctica se denomina despertar de la ilusión, de la fragmentación, de la abdicación y de las creaciones derivadas de una percepción incorrecta. Y por más que se considere una liberación de lo que parece estar “separado”, jamás hemos dejado de estar, de hecho y en el más profundo de los sentidos, inconsútilmente unidos a la totalidad. Ya estamos en casa, aquí, en este instante, en esta respiración, en este lugar.

 

Fuente: La práctica de la Atención Plena de Jon Kabat-Zinn

 

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