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Un universo fangoso

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Durante varios siglos, aproximadamente a partir del renacimiento, el pensamiento científico ha estado dominado por una única forma de entender la construcción del cosmos. Este modelo nos ha llevado a sacar incontables conclusiones sobre la naturaleza del universo, pero es un modelo que está acercándose al final de su vida útil y necesita ser reemplazado por un paradigma radicalmente distinto, que refleje una realidad más profunda, una realidad que, hasta este momento, se ha ignorado por entero.

 

El viejo modelo propone que el universo era, hasta hace relativamente muy poco, una colección inerte de partículas que chocaban unas contra otras obedeciendo unas leyes predeterminadas de origen misterioso (…) La vida se originó en un principio por un proceso desconocido, y luego procedió a cambiar de forma, sujeta a mecanismos darwinianos que operan bajo esas leyes físicas. La vida tiene conciencia; sin embargo, se tiene una comprensión muy somera de ésta y, en cualquier caso, es materia de estudio exclusivamente para los biólogos.

Pero hay un inconveniente. La conciencia no es sólo un tema de estudio para los biólogos; es un problema para la física. No hay nada en la física moderna que explique cómo un grupo de moléculas crean la conciencia dentro del cerebro. La belleza de una puesta de sol, el milagro de enamorarse, el sabor de una comida deliciosa siguen siendo un misterio para la ciencia moderna. No hay nada en ella que pueda explicar cómo surgió la conciencia a partir de la materia (…) Las partículas parecen comportarse como si respondieran a un observador consciente.

 

En las últimas décadas, se han producido abundantes debates sobre una paradoja básica de la construcción del universo tal y como lo conocemos. ¿Por qué estás las leyes físicas exactamente equilibradas para que pueda existir la vida animal? Si el Bing Bang hubiera sido, por ejemplo, una millonésima parte más potente se habría precipitado a demasiada velocidad como para que las galaxias y la vida pudieran desarrollarse; si la inmensa fuerza nuclear decreciera en un 2%, el núcleo atómico no se sostendría unido, y el hidrógeno sería el único átomo del universo; si la fuerza gravitatoria disminuyera sólo un ápice, las estrellas (el sol incluido) no tendrían combustión. Estos son simplemente tres de entre más de doscientos parámetros físicos presentes en el sistema solar y el universo, tan exactos que hay que ser muy crédulo para suponer que son mera casualidad – aunque eso sea precisamente lo que la física estándar contemporánea sugiere a toda costa -.

 

(…) Metafóricamente hablando, cualquier resumen sincero del estado en el que se hallan actualmente las explicaciones del cosmos como un todo es…un cenagal; y esta es una ciénaga en la que a cada paso hay que esquivar los cocodrilos del sentido común (…) Hace tan solo un siglo, los textos científicos citaban de forma rutinaria a Dios y la “gloria de Dios” cada vez que llegaban a las partes verdaderamente profundas e incontestables del asunto al que se refirieran.

 

 

Hoy día, estamos muy escasos de esa clase de humildad. A Dios se le ha descartado, por supuesto, lo cual resulta apropiado en un proceso estrictamente científico, pero no ha aparecido ninguna otra entidad ni instrumento que ocupe su lugar y resuelva el “no tengo ni idea” supremo. Por el contrario,  algunos científicos (me vienen a la mente Stephen Hawking y el difunto Carl Sagan) insisten en que una “teoría del todo” está a la vuelta de la esquina, y en que, cuando lleguemos a ella, lo sabremos esencialmente todo…, ahora, en cualquier momento.

 

Pero todavía no ha ocurrido ni ocurrirá. Y la razón no es la falta de esfuerzo ni de inteligencia, sino la concepción subyacente que tenemos del mundo es en sí misma defectuosa (…) Este es el problema de fondo: que hemos ignorado un componente crítico del cosmos, que nos lo hemos quitado de en medio porque no sabíamos qué hacer con él. Y ese componente es la conciencia.

 

Fuente: Robert Lanza. Biocentrismo

 

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