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Un hito que cambie la historia

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El ser humano ha experimentado varias sacudidas a lo largo de la historia, entendiendo por sacudida una desestabilización en el status de primacía en la que el hombre creía encontrarse. La primera se produjo con el descubrimiento de que la tierra no era el centro del universo. La creencia de que todo gira alrededor de nosotros se vio seriamente dañada. Sería la teoría copernicana la que cambiaría de manera esencial la visión del hombre respecto  a su posición en el universo.

 

El segundo momento de agitación vino de la mano de Charles Darwin a través de su obra fundamental, "el origen de las especies". Aquello provocó acalorados debates tanto en la comunidad científica como en la religiosa, ya que la cristiandad consideraba (aún hoy sigue ocurriendo) incompatible la teoría de la evolución con los relatos creacionistas.

Un poco más tarde nos encontramos ante el tercer momento que tambaleó la percepción del ser humano sobre sí mismo. Siempre se había creído que era tu “yo” racional quien tomaba las decisiones y quien gobernaba la vida del individuo, sin embargo, Freud introdujo en el tablero el inconsciente, lo que significaba que la voluntad consciente del hombre estaba dominada y condicionada por otra voluntad más primitiva, más allá de la esfera de lo inconsciente,  y que se manifiesta de mil formas en nuestra vida. 

 

Estos tres hitos han puesto en jaque la visión que el hombre tenía de sí mismo y del universo. Cada uno produjo un cambio de paradigma y llevó al ser humano a vivir desde una perspectiva distinta. En los primeros años del siglo XXI en el que nos encontramos, se hace evidente la necesidad de otro hito que remueva nuestra conciencia y también nuestra inconsciencia. No nos referimos a la revolución tecnológica que cada día se dirige a pasos agigantados hacia una forma de vida aún incierta, aunque bastaría detenerse a reflexionar sobre el contenido de la mayoría de los capítulos de la serie Black Mirror para atisbar la deshumanización a la que nos encaminamos.

 

Se trata de un hito a un nivel mucho más profundo. Los tres momentos anteriores tienen un denominador común: fueron descubiertos, es decir, eran una realidad oculta a la percepción humana hasta que alguien lo descubrió, no fue una invención del hombre ni fue provocado por nadie, simplemente fueron destapados. Una mirada reflexiva sobre estos acontecimientos podría indicarnos que quizás nos hubieran estado preparando para el que viene. Pero lo que viene requiere de una visión más aguda, más trascendente, más íntima e insondable. Sin darnos apenas cuenta y con más fuerza, nuestros egos han tomado el mando, cada día estamos más separados unos de otros por mucho que la globalización nos haya aproximado en el plano físico, solamente hemos acortado las distancias y hemos creado comunicaciones al instante, pero si las personas sienten mayor soledad y desesperación es que nuestra separación es más que evidente.

 

 

Por más que queramos negarlo, el hombre es un ser que necesita del culto, necesita aferrarse a algo sin que él mismo sepa por qué. Antaño ese culto estaba dirigido hacia deidades de todo tipo. Hoy todo ha quedado sustituido por un culto mucho más narcisista, nos estamos refiriendo naturalmente al culto hacia cuerpo, lo hemos puesto en el centro de todo. Gastamos grandes cantidades de dinero para mantener el cuerpo en todo su esplendor, tenemos saturados los gimnasios, los centros de estética, los nutricionistas, todo con el pretexto de poseer una salud envidiable solemos decir. Es como si nuestro cuerpo tuviera vida propia, vivimos con esa ilusión si darnos apenas cuenta de que el cuerpo es algo neutro. El cuerpo no es nada sin la mente y la conciencia.

 

El hito que viene ya está aquí, lo ha estado siempre, pero al igual que con los demás ha de ser descubierto. Que nuestro cuerpo tenga una cicatriz supone un problema, sin embargo, la mayoría de la gente no sabe defender lo que piensa, hacemos las cosas porque parece que es lo que debemos hacer en el mundo que nos ha “tocado” vivir. Demasiado ruido a nuestro alrededor, y el ruido constante, el estrépito, es una especie de droga: cuando estás habituado no puedes prescindir de él. Somos como esas radios que solamente son capaces de sintonizar una franja de frecuencia. De todo lo que nos rodea sólo somos capaces de captar una parte minúscula y restringida, y esa parte normalmente viene teñida y cargada de confusión.

 

Lo que tenemos que descubrir y constituirá un auténtico hito es la certeza de que no es el cuerpo el centro de todo, que éste es algo imparcial e indeterminado al servicio de la mente. Un medio de comunicación a través del cual se expresa nuestro espíritu más elevado. Es nuestra mente la que dicta y gobierna, nuestro cuerpo, no deja de ser un mero instrumento a su servicio. El día que entendamos esto dedicaremos los mismos recursos e incluso más a cultivar nuestra mente como lo hacemos con el cuerpo. Cambiaremos la historia el día que descubramos que no estamos separados los unos de los otros por más que nuestros cuerpos sean diferentes, cambiaremos el curso de nuestras vidas el día que seamos conscientes del poder que nos acompaña y que no utilizamos en absoluto. La comprensión y el reconocimiento exigen silencio y nuestro cuerpo no deja de vociferar.

 

 

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