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Resulta curiosa, hablando de actitudes negativas, la facilidad con la que asumimos por más ecuanimidad que cultivemos actitudes farisaicas que nos hacen indignarnos apenas empezamos a considerar las cosas que nos desagradan del mundo, sobre todo de las que parecen derivarse de las acciones y las omisiones humanas.

 

(…) Todo el mundo coincidirá en que, a pesar del daño, tanto en vidas humanas como en sufrimiento, que puedan provocar, nadie se indigna con los tornados, los huracanes, los desastres, la destrucción y las pérdidas causadas por las inundaciones o los terremotos. Es cierto que, en respuesta a tales eventos, afloran emociones como la tristeza, la empatía, la compasión y la solidaridad, pero la indignación jamás hace acto de presencia. ¿Por qué? Supongo que porque, en tales casos, no hay nadie a quien podamos culpar o acusar. Los terremotos, en suma, simplemente ocurren.

Apenas advertimos la aparición de un “ello” como, por ejemplo, “ellos deberían....”, “ellos no deberían...”, “¿cómo han podido...?” o “¿por qué no han...?” , es decir, apenas asoma una supuesta individualidad en forma de conducta inadecuada, de ignorancia, de avaricia, de irresponsabilidad o de engaño, aflora también el impulso de enfadarnos, de imputar a otros una supuesta motivación y de convertirlos en un problema por más que, en tal caso, corramos el peligro de deshumanizarlos. Y esto es especialmente cierto cuando considero que “yo” estoy en lo cierto, que mis puntos de vista y mis opiniones se asientan en la verdad, que yo “sé” lo que está sucediendo y que tengo muchas explicaciones para justificar mi conducta. Y esta actitud de superioridad moral no tiene empacho alguno en acusar y condenar a personas de cualquier lugar y de cualquier cultura, las conozca o las ignore, tanto próximas como distantes.

 

Pero esa actitud también conlleva otro problema, porque todas las cosas que estoy mencionando llevan siglos ocurriendo. Quizás no seamos más que actores de una película onírica que sólo concluirá cuando nos demos cuenta de que somos nosotros quienes estamos alimentando el sueño y de que lo que de verdad importa es despertar. Entonces es cuando todos los personajes de esa pesadilla se desvanecen y ya no tenemos que seguir alimentándola para que discurra de un determinado modo.

¿Nos empeñaremos en tomar partido, como solemos hacer, a favor o en contra y nos esforzaremos en conseguir un mejor resultado provisional, aunque si seguimos soñando siempre acabamos tropezando, más pronto o más tarde, con un “degenerado” como Hitler, un Stalin, un Pol Pot, un Saddam Hussein, un Pinochet o cualquier otra personificación espantosa o espasmo anónimo de la ignorancia, capaz de galvanizar a las masas y difundir el virus que alienta el miedo, el odio y la codicia en las personas vulnerables e insatisfechas? ¿O acaso preferimos, por el contrario, despertar y, de ese modo, amortiguar e incluso quizás acabar de una vez por todas con esas oscilaciones y experimentar una comprensión completamente diferente, una comprensión ortogonal del sueño, una comprensión de la raíz misma de la enfermedad que posibilite un equilibrio dinámico más sano que reconozca formas de trabajar y mantener a raya los impulsos que movilizan la mayor parte de nuestras acciones individuales y, por consiguiente, la mayor parte de nuestras instituciones y que siempre acaban sumiéndonos de nuevo en el sueño o en el trance? ¿O quizás la disyuntiva a la que nos enfrentemos no consista tanto en elegir una u otra de ambas alternativas, sino las dos al mismo tiempo porque, en realidad, no son dos facetas diferentes del mundo, sino dos aspectos paradójicamente distintos de la misma totalidad inconsútil?

 

Ahora está claro el dilema al que nos enfrentamos. La arrogancia, por más comprensible que pueda ser, resulta, sea cual sea la cuestión de que se trate y del bando en el que nos hallemos, absolutamente estéril. Y si afirmo que es estéril es porque parte del supuesto de que las cosas “deberían” suceder de otra manera, cuando lo único cierto es que ocurren del modo en que ocurren.

 

Para aprender a confiar en nuestra experiencia directa de las cosas, tenemos que acopiar el coraje necesario para no seguir basando nuestras convicciones en cuestiones ideológicas o en la mera corrección política, sino en una percepción y una comprensión basada en un discernimiento sabio. Quizás necesitemos también aprender-y dejar, para ello, que el mundo nos enseñe- a descansar en la conciencia abierta, ver las cosas que se ocultan tras los velos de las apariencias y de la información errónea e ir más allá también de nuestra ceguera, de nuestros buenos deseos y de la tendencia a dividirlo todo en blanco y negro o bueno o malo, perdiendo así de vista los matices.

 

Pero, además de todo eso, necesitamos asentamos en lo que vemos, en lo que sentimos, en lo que podemos hacer, en nuestro compromiso en crear un mundo diferente sin caer, por ello, en nuestro “yo” mezquino basado en los miedos, con todos sus problemas, ni en la arrogancia que nos lleva a creernos moralmente superiores a los demás, puros, iluminados, limpios de culpa y de pecado, los únicos, en suma, que de verdad saben cómo son las cosas. Porque, cuanto más lo decimos y lo pensamos, más acabamos creyéndolo, hasta convertirlo en otra noción cosificada, en un nuevo impedimento para la misma libertad, sinceridad y moral que afirmamos rigen nuestra vida y no dudamos en exigir a los demás.

(…) El simple hecho de pensar en las cosas de un determinado modo puede acabar desencadenando nuestra indignación. Por ello, para abrir la puerta que conduce a la imaginación, la creatividad, la sinceridad, la atención plena y la acción sincera, es necesario cambiar el modo en que pensamos en las cosas.

 

Pero el yo es un constructo y, por más claros que sean los hechos, lo  que hagamos en una determinada situación suele desencadenar, con más frecuencia de la deseada, nuestra respuesta arrogante. Independientemente de quiénes seamos “nosotros” y de quiénes sean “ellos”, “nuestra” indignación demuestra la misma ignorancia que “sus” infames maquinaciones. Quizás se requiera de algo mejor, de algo más sabio, de algo más relaciona!, de un modo de ver menos dualista, que no se apreste a cosificar la sensación de “nosotros” contra “ellos” o, su prima hermana, la de “bueno” contra “malo,” y que, dándose cuenta de ello, lo mantenga, por más intenso que pueda ser, simultánea y amablemente en la conciencia. Tal vez entonces podamos descubrir un modo de no seguir disgregados por el conflicto entre el pensamiento y el sentimiento, y aprender a integrarlos y actuar de manera sabia y estable para avanzar hacia la curación y pasar de la enfermedad y el desequilibrio a la relajación, el equilibrio y la armonía, o dicho en otras palabras, una política sabia y compasiva asentada en la atención y la bondad.

 

Fuente: La práctica de la Atención Plena de Jon Kabat-Zinn

 

 

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