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La tiranía de lo externo

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La manera más fácil de malograrse una vida es entregarla y abandonarla en manos del absolutismo de nuestro mundo exterior. Lo que viene de fuera ejerce un totalitarismo tal sobre nuestras vidas que no somos conscientes de la crueldad que eso supone. Hemos idolatrado y encumbrado todo aquello que no nace de nuestro interior.

 

Batallar por alguna causa, por alguna persona, por alguna idea, por algún propósito sin tener la más mínima idea de uno mismo es de las cosas más peligrosas que podemos hacer. Es un error pensar que todo lo que nos viene de fuera es más importante y significativo que aquello que nosotros mismos generamos. Nos movemos en una corriente de envidias donde subyace la idea de nuestra nimiedad. Nos vemos muy pequeños ante los logros de personas cercanas y quizás también lejanas a nosotros. Lo peligroso de este juego viene dado por la identificación que sentimos con la periferia. No profundizamos en nada y vivimos dejándonos llevar por la energía dictatorial de la publicidad, las modas, las influencias de nuestros círculos más próximos, ya sean amigos, compañeros de trabajo, familiares, etc.

Nos estamos desvalorizando constantemente al no creernos capaces de conseguir cierto status o ciertas cosas que existen ahí fuera, y que creo no son para mí. Arruinamos nuestra vida a costa de estas autolimitaciones y temores. Vivimos atrapados en el miedo social de lo que se espera de nosotros. Nos infravaloramos cuando permitimos que cualquier persona, ya sea miembro de nuestra familia o no, nos juzgue sin tener conocimiento de los sentimientos que experimentamos en ese momento. Es curioso que esa toxicidad familiar  venga disfrazada del “yo sé lo que es mejor para ti”. Lo que es mejor para nosotros no viene de fuera, y si un día alguien ejerce esa influencia es mejor que seamos capaces de distinguir si nos libera mentalmente o nos esclaviza.

 

Uno de los grupos sociales externos que más tiranía ejerce sobre nosotros es precisamente el familiar. Creen conocernos y normalmente sienten miedo de que les demuestres de todo lo que eres capaz, y que llegado el caso eres también apto para cambiar y evolucionar. Las etiquetas suelen ser muy frecuentes y todo miembro está catalogado, una vez encasillados eres mirado y juzgado desde ese perfil. Y decimos que es un grupo externo porque realmente lo es, todo lo que no eres tú y tu verdadero ser es un postizo. Y es tu decisión llevarlo o no.

Otro de los grandes efectos de la influencia que ejerce lo externo sobre nosotros es la gestión de la culpa, siempre encontramos a quien culpar por nuestras propias decisiones. nos viene como anillo al dedo que exista todo ese mundo ahí afuera, así podemos proyectar sobre él nuestras meteduras de pata e incluso la imagen que tenemos de nosotros mismos. 

 

La fuente que alimenta todo este mecanismo está dentro de ti, la llevas contigo y se va nutriendo de las experiencias y encuentros que tú mismo suscitas y engendras. Lo que ves a tu alrededor lo creaste tú, por lo tanto, no puede ser más grande que tú. Lo externo es solamente una consecuencia de la cual tú eres la causa. Por ese motivo es incompresible que nuestra criatura ejerza tal poder sobre nuestras vidas. Pero quedamos deslumbrados creyendo que las criaturas de los demás son más fascinantes que la nuestra. Somos nuestro propio hacedor y no terminamos de dar crédito. El mundo está construido para que reverenciemos todo aquello que no tiene que ver con nosotros, así nuestra búsqueda se torna inútil, pues lo único que hacemos es explorar en un páramo carente de significado. 

 

Necesitamos una verdadera transformación, urge romper las viejas cadenas que de una u otra forma nos han convertido en adictos emocionales y dependientes de la alabanza y la aprobación de los demás.

 

Los condicionantes externos en definitiva, quizás no sean tan externos, los hemos hecho tan nuestros que los hemos convertido en creencias, ideas, percepciones que están sumamente asentadas en nuestra psique. Vivir sin la tiranía de lo externo supone liberarnos de viejos hábitos, de nuestra encasillada educación y nuestro manipulado aprendizaje. Esto significa aceptar que las verdaderas fuerzas o cadenas únicamente están en nuestra mente.

 

 

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